Leitzalarrea, un bosque centenario

Durante 3 kilómetros seguirás un sendero lleno de historia. Hayas, abetos y robles que pueden llegar a superar los 300 años. Ellos te guiarán hacia las mejores vistas de los bosques de Leitzalarrea, en el Valle del Leitzaran

Comenzamos el recorrido a unos 7 kilómetros en dirección norte desde el casco urbano de la localidad de Leitza. El área de acogida de Ixkibar, entre bosques y rodeado de montañas, nos recibe húmedo y con el verde intenso propio de la zona. Aparcamos el coche junto al cauce del manantial Muñoko Loie mientras oímos el agua recorrer los restos de una antigua compuerta de piedra. Abrazados a ellos, crecen el musgo y los helechos, que con el paso del tiempo han ido integrando en el paisaje los pilares derruidos como si fuesen un elemento natural más del lugar.

Seguimos el sendero PR-NA 193 Ixkibar-Aitzmurdi, situado a la derecha de la carretera que nos condujo de Leitza a Ixkibar. Descansando entre dos troncos encontramos un señalizador de madera que nos indica la dirección correcta. El chasquido de las hojas nos acompaña, el camino aún es llano. Dejamos a la izquierda la senda que conduce a los robles  centenarios, y seguimos caminando. Más tarde, con las botas teñidas de barro, podremos ver sus copas. Sobre nuestras cabezas se mecen las ramas de las hayas que habitan estos bosques. Salpica la vista algún roble.

Nos topamos de nuevo con las aguas que desembocarán en la vertiente del río Urumea, ahora ocupan nuestro camino. Si llueve mucho, recorrerán la vertiente norte y acabarán, también, en el cauce del río Leitzaran. En su lugar cruzamos con cuidado sobre un puente construido a su derecha, con dos troncos alargados y un estrecho rectángulo de hormigón. Ahora, une las dos orillas sirviendo de conexión, pero en las épocas más secas nadie lo necesita. Seguimos las marcas amarillas y blancas estampadas como guía sobre los troncos cercanos al recorrido.

La pendiente aumenta gradualmente, y con ella el terreno va perdiendo humedad. Las hojas secas se amontonan sobre los surcos que dejó en el barro algún todoterreno. A nuestra izquierda, todavía nos acompaña el río, con su cauce lleno de narcisos que decoran la vista convirtiéndose en pequeños puntos de luz. Una subida más pronunciada marca el cambio definitivo del terreno, el comienzo del ascenso hacia la vista más espectacular de las montañas de Leitzalarrea. Tomamos la vía que nos separa de las aguas del manantial, hacia la derecha, y con él dejamos de escuchar el susurro suave y melódico de su estrecho cauce.

El suelo que pisamos se vuelve arenoso, y escarpado. Tropezamos con algunos montículos de antiguos troncos hechos serrín. Dos subidas aceleran nuestro pulso y nos dejan sin aliento. El sendero se cierra, poco a poco, y el suelo cambia. Ahora pisamos piedra. Nuestros ojos buscan apresurados el siguiente lugar donde apoyarse. Las piedras nos sirven de escalones, algunos peligrosos que visten el mismo musgo seco que los robles que nos dan sombra.  Alzamos la mirada para encontrar ancladas en la ladera unas rocas grandes en forma de cuenco volcado, refugian el suelo de la lluvia, y servirán de cobijo a algún corzo atrapado en mitad de una tormenta.

Ascenso hacia el paleolítico

Nuestras botas pisan ahora un verde más intenso que nos indica el lugar del último ascenso, es musgo empapado de agua que brota de alguna grieta en una roca cercana. Destaca entre la sequedad que impera a su alrededor. A nuestra izquierda, la misma ladera que nos acompañaba llena de árboles y rocas se ha desnudado para nosotros.  Iniciamos la subida que nos va dejando sin aliento. La pendiente es pronunciada, y los restos de la vegetación quemada dificultan nuestras pisadas. Cinco minutos hasta la cima, en la que, esta vez, no nos quitará el aliento la pendiente, sino las vistas.

Coronando, encontramos el Losarrobietako dolmen, uno de los muchos dólmenes, menhires y túmulos que salpican la zona desde hace 7000 años, y que dan fe de la antigüedad de la presencia del ser humano en los bosques de Leitzalarrea. •

Dolmen Losorrabietako:

43.103144º, -1.916395º

Abetos milenarios: 

 43.118538º, -1.900300º

La ruta se puede realizar en un margen de 2 a 3 horas.

Para realizar este recorrido no puedes olvidar utilizar ropa cómoda y botas de montaña.

Además, conviene llevar equipaje ligero debido a que el recorrido es de gran desnivel.

Si dispones de flexibilidad en las fechas, intenta hacer tu ruta con buen tiempo y preferiblemente en primavera o verano.

Abetos milenarios

Estación del Plazaola

Restaurante Arakindegia (Leitza)

Leitza, Areso, Ezkurra.

Flora

Abeto

En menor proporción que el haya también se puede vislumbrar abetos rojos (Picea abies) en bosques de coníferas de hoja perenne, lo que en invierno contrasta con el resto de árboles desnudos. Su altura está entre los 30 y los 50 metros. De corteza pardo-rojiza y tronco recto, el abeto rojo posee conos o “piñas” colgantes de color verde que pasan a ser marrones después de la polinización

 

Haya

Es de tronco recto y no ramificado con la corteza lisa y hoja simple. Son caducifolios y se dan en lugares húmedos y fértiles. Generan paisajes sombríos, por lo que siempre han estado relacionados con la mitología de brujas y seres fantásticos. Puede llegar a alcanzar los 35 o 40 metros. Sirven para el engorde del ganado de cerda y también para la extracción de un aceite.

 

Helecho

Son plantas vasculares sin semilla. Sus hojas son grandes, usualmente pinadas y con prefoliación circinada. Pertenecen al grupo de las pteridofitas y necesitan agua para completar su ciclo biológico. Son plantas que se caracterizan por unas hojas estrechas o frondes, un tallo subterráneo y una particular reproducción por medio de receptáculos denominados "esporangios". 

 

Rhynchospora alba

Son plantas perennes provistas de un corto rizoma. Las flores se reúnen en espigas, cilíndricas o fusiformes con dos o tres flores. La forma de sus  hojas es plana, doblada o acanalada. Son hermafroditas y su tallo tiene forma cilíndrica o fusiforme. Se pueden encontrar en zonas húmedas como el Ebro, florece entre los meses de octubre a junio y el fruto que da es una nuez trigona lisa.

Fauna

 Zorro común

También conocido como zorro rojo o Vulpes vulpes es un mamífero de la familia de los cánidos. Pueden pesar ente 4 y 8 kg dependiendo de la región. Son de cola larga,  de unos 50 cm y el cuerpo oscila de los 50 a los 90 cm. Es considerado el principal depredador silvestre de las aves de corral, conejos y mascotas domésticas.

 

Corzo

En los últimos años el número de corzos ha crecido mucho en Navarra. Este animal se acopla muy bien a diferentes hábitats, puede vivir en bosques o en amplias praderas. Es un animal solitario a diferencia del resto de los cérvidos, que son gregarios, y no rehúye de vivir cerca de núcleos urbanos. Se alimenta de hojas de arbustos y árboles bajos, así como  de bayas y brotes tiernos.

 

Jabalí

Es uno de los mamíferos más extendidos por los bosques y montañas de la Comunidad foral. Esta gran presencia se debe a que es un animal importante en la caza mayor. Su fisionomía es similar a la de un cerdo, cabeza grande y alargada con ojos muy pequeños. Pueden llegar a medir entre 90 y 160 centímetros y ronda los 80 kilos.

 

Buitre leonado

Es el ave con mayor presencia en Navarra. Puede alcanzar los 10 kilos  y una envergadura de más de 2,5 metros. Su nombre hace referencia al color de sus plumas que en su mayoría son de color ocre. El buitre leonado, o Gyps fulvus, tiene un pico ganchudo está diseñado para desgarrar tejidos y tiene las patas más débiles que otras rapaces, lo que le imposibilita dar caza a otros animales

Textos Edurne Pujol • Unai Yoldi • Marina Gascón

Ilustraciones Ainara Ciriza • Celia Erice

Vídeo Jon Viedma

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